“Cuando todavía luchaba con mi ateísmo, me gustaba confrontar mis ideas con las de mis amigos o enemigos creyentes, y retarlos a duelos intelectuales en los que me sentía indiscutible ganador, por la fuerza de mis argumentos, por la pobreza de sus pruebas a favor de Dios, por mi ciencia y mi lógica opuesta a sus supersticiones y prejuicios. Hoy en día, en cambio, soy un ateo manso, no un ateo militante; no un ateo que piensa que haya que convertir a todos los hombres al ateísmo, como un apóstol al revés, igual aunque contrario a esos fanáticos que todo el día nos quieren convertir al islam, al catolicismo, al adventismo del séptimo día, a las sectas mormonas o evangélicas o hinduistas. Así como no creo que los creyentes sean mejores personas que los no creyentes, tampoco me parece que los ateos seamos éticamente superiores a nadie”.
El anterior fragmento fue extraído de un artículo publicado en el diario El Espectador de Colombia el pasado 26 de abril de 2009, y que corresponde a las expresiones del reconocido escritor y columnista Héctor Abad Faciolince publicadas en un libro titulado “Manual de Ateología” publicado por Tierra Firme Editores y que fue lanzado hace pocos días en Colombia, este libro recopila los argumentos de 16 reconocidos personajes de la política y la opinión pública Colombiana entre los que se encuentran Carlos Gaviria Díaz, presidente del partido político Polo Democrático; Felipe Zuleta, columnista; Humberto de la Calle, ex ministro y columnista; Gustavo Álvarez Gardeazabal, escritor; Florence Thomas, feminista; y Daniel Samper Ospina, director de la revista “SoHo”; entre otros, quienes explican en este libro porque no creen en Dios.
Debo confesar que me sorprendieron algunos de los nombres de los incrédulos personajes que escribieron al interior de este manual su punto de vista de porque no creen en Dios, durante mucho tiempo no solo ellos sino muchos otros reconocidos juristas, escritores, columnistas, periodistas y economistas, por citar algunas de las tantas profesiones que ejercen quienes a diario dictan y aprueban las leyes en nuestro país, o simplemente, manifiestan su punto de vista en alguna columna de opinión de un prestigioso diario o revista sobre las decisiones políticas en esta nación (Colombia), y es a ellos a quienes recurrimos los creyentes para consultarles su punto de vista sobre los más relevantes temas de nuestra cotidiana vida.
Mi intención no es la de atacar a los escritores de este libro, ni entrar a debatir con ellos si creen en Dios o no, o porque deberían de abandonar su errada concepción acerca de Dios y convertirse de nuevo, si alguna vez lo fueron, en creyentes; sino el de manifestar mi completo inconformismo ante la ausencia de verdaderos defensores de la fe en Dios.
Durante los últimos 6 años de mi vida he presenciado un desgarrador espectáculo, del cual dan cuenta y bromean los escépticos de la fe, y aun muchos otros que se dicen creyentes no practicantes en esta nación. Como cristiano me duele, que mientras al interior de las iglesias veo gente en éxtasis, que grita de alegría al escuchar de la boca de su pastor las promesas de Dios escritas en la biblia, y que no duda ni por un instante de la existencia de un ser superior, omnisciente y omnipotente, personas dispuestas a entregar sus vidas por mantener viva su creencia y predicar aquello que han escuchado y que les mantiene llenos de esperanza, se han mantenido aislados en espíritu de la realidad del país. Para citar un ejemplo, en la ciudad de Bogotá, por segunda vez consecutiva se encuentra al frente de la administración de la ciudad, un representante del Polo Democrático, partido político de mente abierta, ultra liberal, quienes apoyan la legalidad del aborto aun por encima de la objeción de conciencia, manifestando argumentos de salud pública por encima de la convicción de un medico, sea del centro de salud, hospital o clínica pública o privada que sea, y quien se manifieste en contra de practicar un aborto argumentando objeción de conciencia, patrocinador de la píldora del día después, valedor de la legalidad de matrimonios homosexuales, y quienes fomentan todo desarrollo del libre pensamiento humano, aunque Per se, lleve una bomba de tiempo para los intereses de cualquier puritano creyente. El problema no está en quien dirige en este momento la ciudad, el problema está en que en este momento la ciudad manifiesta un brote del Espíritu de Dios en sí misma, por acuñar bajo un término cristiano el avivamiento de la iglesia cristiana en la ciudad de Bogotá, observo grandes concentraciones de creyentes, 30.000 o 40.000 personas en plazas, iglesias y parques, guiados por sus pastores, para decirle a Bogotá, a Colombia y al mundo que están presentes, que aquí habitan y que están para predicar las buenas nuevas de Jesús.
Por un momento reflexiono y pienso, ¿Quién falla, el creyente, el pastor o la palabra? Si una denominación por si sola es capaz de congregar en un domingo 20.000 a 40.000 personas entre creyentes antiguos y nuevos creyentes, o congregaciones más pequeñas donde durante 3 cultos dominicales reúnen entre 800 a 1.000 personas, se proclama el evangelio de Jesús, ¿porque esos mismos resultados no se dan en la práctica?
El problema aquí no se trata de demonios, ni de espíritus que dominan a las personas que asisten a la iglesia, pues estaríamos hablando de que “la estrategia no funciona”. En mi concepto, estamos hablando de que la gente le cree al pastor en parte, pero en otra parte no, que quiere decir esto, que al pastor se le tiene en cuenta para consejería matrimonial y espiritual, patrones de conductas personales, cualquier problema que el creyente manifiesta tener en el campo individual, sabe que puede recurrir a su pastor, quien le brinda asesoría espiritual o consejería. Pero algo sucede en la “concepción terrícola” del individuo, cuando el creyente abandona su situación espiritual en la cotidianidad, se confunde, deambula entre las convicciones más reales de la sociedad, y es allí donde se escuchan las voces equivocadas, pero, ¿Por qué se escuchan las voces equivocadas? Fácil, porque no existen plumas creyentes en la cotidianidad. Escritores, columnistas, periodistas con principios cristianos a los cuales podamos consultar, ¿Cuántos periodistas tenemos que defiendan nuestra fe? ¿Con cuántos columnistas cristianos contamos, que no actúen de forma reaccionaria, sino por el contrario, sean ellos quienes se pronuncien y deban ser referenciados por sus acertados comentarios?
La gente no está interesada en ver cultos por los canales nacionales, está interesada en escuchar programas donde se le den principios, ¿cuándo veremos un programa cristiano en los canales privados? Cuando tengamos personas capacitadas para dirigir, escribir un guion, presentar un programa sin la jerga cristiana y con un alto contenido moral, más no religioso. Nuestros programas carecen de calidad, ¿cuándo llegaran los altos ejecutivos o empresarios exitosos no cristianos a las iglesias?, cuando en las iglesias se dicten conferencias, talleres o convenciones empresariales las cuales no inicien con un culto de adoración.
Podría desgastarme presentando situaciones particulares al interior de nuestras denominaciones, pero no es el objetivo de este ensayo resaltar los errores al interior de las actividades evangelisticas, que se llevan a cabo en las iglesias; el debate se debe centrar en que tan capacitados estamos los creyentes para ocupar espacios de opinión en la sociedad, lugares de privilegio que nos permitan ser referenciados como personajes con respeto y credibilidad social, no que seamos consultados solo por asistentes a una denominación en particular, como sucede actualmente, existen iglesias que hacen un gran esfuerzo por publicar un buen libro o apoyar a un muy buen salmista con proyección internacional, pero, no dejan de ser mas que referencias para los demás cristianos, no sucede nada con ellos afuera en la sociedad común.
Debemos dar ya el próximo paso, los pastores deben ocupar su verdadero lugar en la preparación de creyentes que puedan representarnos en cargos públicos con dignidad, debemos preparar al interior de las iglesias ciudadanos capaces de ofrecer alternativas políticas moralmente responsables a la sociedad, y que a la hora de exponer sus ideas no sean tildados de religiosos o moralistas fanáticos por los grupos “Open Mind”. El Pastor debe ser eso, el pastor, aquel que guía, que hace cobertura por su oveja, quien corrige en el momento oportuno ante una desviación en el camino de su discípulo, pero no debe ser juez y parte, es la hora en que los pastores deben soltar sus ovejas ya capacitadas a la verdadera obra, impactar a esta sociedad que cada día manifiesta mas su intención de llevar una vida sin Dios, o en el caso de Faciolince un “ateísmo manso”. Al interior de las iglesias existen personas con muchas capacidades para dirigir, con liderazgo de opinión, pero que muchas veces no se proyectan por falta de apoyo de sus pastores o de los otros creyentes, es hora de que los verdaderos líderes de las iglesias florezcan, que den el tan anhelado fruto, acompañados siempre por sus pastores y que las verdaderas plumas escriban y opinen desde los diferentes puntos de opinión de nuestra sociedad, es hora de tomarnos los colegios, las universidades, los concejos, las alcaldías, el congreso, los medios de comunicación radiales y visuales del país.
sábado 29 de agosto de 2009
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